Alan Watts
Lo que sabemos, positiva y científicamente, de los productos químicos psiquedélicos, es que provocan ciertas alteraciones de la percepción sensorial, del nivel y del tono emocional, del sentido de identidad, de la interpretadón de datos sensoriales y de las sensaciones de tiempo y espacio. La naturaleza de estas alteraciones depende de tres variables: el propio producto químico (tipo y dosis), el estado psico-fisiológico del sujeto y el contexto social y estético experimento. Sus efectos de tipo fisiológico son mínimos, aunque hay condiciones (p. ej. enfermedad del hígado) en que algunos pueden ser perniciosos. Fisiológicamente crean hábito en la forma que lo crean el alcohol y el tabaco, aunque algunos individuos pueden llegar a depender de ellos por otras razones (p. ej., “neuróticas”). Sus resultados no son fácilmente predecibles toda vez que dependen de tales imponderables como el ambiente y las actitudes y expectativas, tanto del supervisor como del sujeto. La (enorme) literatura científica sobre el tema indica que la mayoría de las personas tienen reacciones agradables, que una importante minoría tiene reacciones desagradables aunque instructivas y provechosas, mientras que una minoría muy pequeña tiene reacciones psicóticas que duran de horas a meses. Nunca se ha llegado a establecer definitivamente que hayan conducido directamente a un suicidio. (Aquí me estoy refiriendo especialmente a la LSD-25, a la mescalina, al derivado de hongo: psilocibina, y a las distintas formas de cannabis, tales como hashish y marihuana.)
